Su día a día era, prácticamente siempre, el mismo:
Se levantaba a las siete de la mañana y, una vez que había recogido y limpiado la habitación tras la higiene personal, iba a desayunar. Inmediatamente después empezaba las clases o el trabajo en los talleres, según la edad. Al mediodía paraban para comer.
Las tareas de la tarde empezaban a las tres y, cuando terminaban éstas, por la tarde, y antes de cenar, tenían un rato para jugar en uno de los inmensos patios que se abrían por todo el recinto. Entre las seis y las siete cenaban y a las ocho, a dormir. Ésta era la vida que, día tras día, llevaban los internos de la Casa de la Caridad y, ésta era, por tanto, la vida que llevó Lucía durante muchos años.
Cuando lo explica, Lucía no tiene un mal recuerdo de su estancia allí. Ella no fue nunca una persona conflictiva. Miraba de llevarse bien con todos, colaborar y participar en las actividades diarias y de esa forma su vida en la Casa fue fluyendo.
Un domingo al mes podía ser visitada por su familia, su madre y alguno de sus hermanos, durante el verano podía pasar algunos días en su domicilio, dependiendo de la situación económica por la que pasara su familia.
Durante la temporada de verano y cuando ya era más mayor, en alguna ocasión, se habían desplazado a pasar unos días a los hogares Mundet, otra casa de acogida que se encontraba en plena montaña, a los pies del Tibidabo, muy cerca de donde hoy en día está el hospital del Valle de Hebrón.
Me explica Lucía que los niños que tenían familia fuera de Barcelona podían pasar el mes de agosto con ellos y que, durante el año, había algunas fechas en las que había ocasión de salir tres días. Así podía ser para la virgen de agosto, para la Pascua, después de Semana Santa y por la Navidad.
También recuerda que, durante el mes de agosto, los niños que estaban bien de salud, podían ir a la playa de la Barcelonesa a darse un baño. Eso sí, bien temprano, de 6 a 8 de la mañana.
Aproximadamente una vez al mes podían a asistir a una función de teatro o a ver una película en el mismo teatro del centro.
Cuando cumplió 20 años alguien le ofreció trabajar como tejedora en una de sus fábricas y ella decidió salir de su “refugio” y vivir independiente, ganando su sueldo.
Como ella dice salió de la Casa sin saber absolutamente nada sobre la vida y todo lo tuvo que aprender por sí misma.
Vivía cerca de la casa de su hermano y, fue un familiar de su cuñada quien se casó con ella y con quien tuvo una vida llena de hijos, avatares y trabajo. Hasta la fecha.
Hasta siempre, Lucía.

Cómo me gusta leer historias tan bien contadas de mi profe de lengua y literatura de...1978 y 1980. Gracias Manolo. Un fuerte abrazo desde Salvador de Bahia (trabajando, eh!)
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